Congreso del PSOE
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37 Congreso del PSOE. Participa.

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Malos vientos corren por la vieja Europa: ya no soplan con fuerza las ideas. La derecha afirma que la ideología ha muerto, y la izquierda parece que ayuda a echar tierra encima. Ya nadie trata de convencer o seducir con la palabra. Las palabras ya no designan sucesos o hechos: los esconden.

Y los tiempos son malos porque la izquierda ha dejado que la derecha le arrebate el terreno ideológico (al menos el de los hechos). Se ha quedado con las palabras pero le ha cedido la palabra.

Actualmente apenas se habla de socialismo (se rehuye el término); se emplean términos sustitutivos (que no sinónimos): progresismo.

¿Por qué parte de la izquierda tiene miedo a definirse como socialista? La mayoría de los ciudadanos están a favor del progreso, y lógicamente la izquierda debe estarlo con mayor motivo. Pero ser socialista es algo más, ya que el socialismo debe, en primer lugar, pararse a reflexionar sobre lo qué es progreso, y en segundo, buscar el equitativo reparto del mismo ¿Se sentirá la izquierda incapaz de hacerlo y teme defraudar las ilusiones? ¿O simplemente se trata de posibilismo, es decir, de adaptarse a las demandas de la sociedad occidental? Algunos ejemplos de esto último son los siguientes:

En los últimos días se ha escuchado definir como progresista la política de devolver 400 euros a las familias españolas, o la medida de ampliar a 18 meses el periodo legal de retención de los inmigrantes ilegales, o incluso el hecho de votar a favor (los laboristas británicos) de la jornada de 65 horas ¿Son éstas medidas socialistas? ¿Y progresistas? Cierta izquierda justifica las medidas recubriéndolas con palabras, y señala: se trata de poner el ahorro del estado en manos de las familias, otorgar un marco jurídico homogéneo a la población inmigrante, o favorecer el incremento de la productividad en el mercado laboral europeo con el fin de repartir el trabajo.

Las anteriores medidas señaladas son, y han sido siempre, propias de la derecha y, en algunos casos, de marcado carácter populista. La izquierda no debe procurar adornarlas con palabras para que parezcan menos nocivas; debe coger la palabra y dar argumentos al ciudadano para que pierda el miedo al inmigrante y lo acoja; tiene que saber explicar qué es más rentable socialmente destinar los 400 euros a proveer servicios públicos aunque no se vean a corto plazo los beneficios; es necesario que convenza a los trabajadores de las virtudes de luchar unidos por un bien común, en vez de buscar el beneficio particular. ¿Por qué no lo hace?

La izquierda ha renunciado a la palabra y se contenta con las palabras. ¿A qué se debe?: ¿tiene miedo a que el ciudadano burgués ya no le apoye si busca el progreso social en vez de la satisfacción de las necesidades materiales individuales? ¿Tiene algo que ver con los votos perdidos por el PSOE en las pasadas elecciones por no ofrecer al electorado una posición dura frente a los inmigrantes? ¿O simplemente se trata de miedo a no saber divulgar el mensaje? ¿Será que definirse como progresista conlleva menos exigencias?

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La migración es un fenómeno complejo y que es necesario abordar desde muchos puntos de vista. La historia del ser humano no es comprensible sin la emigración. Los humanos nacimos en África, pero hoy poblamos todo el planeta. El primer país del mundo, en los económico y en lo militar, es una Nación de inmigrantes que exterminaron a los, en ese momento, nativos.

En primer lugar creo que hay que referirse a los migrantes como “personas”: no son mano de obra “barata” (exclavitud irresponsable), ni potenciales “delincuentes”, ni competencia en el disfrute de los servicios o en el acceso al trabajo, ni transmisores de enfermedades (que le digan a los nativos de América que les pasó cuando llegaron los españoles). Son PERSONAS que tienen el mismo derecho a disfrutar de una vida digna que el resto de los habitantes del planeta.

En segundo lugar hay que hacerse una pregunta: ¿por qué vienen?. Y creo que la respuesta es sencilla: ¿por qué íbamos (a Argentina o Venezuela antes, a Francia o a Suiza después)?.

Estas primeras interrogantes exigen una respuesta global. En eso debería, entre otras cosas consistir la globalización. En buscar respuestas a los fenómenos que transcienden a los actuales países. En las migraciones, al menos, hay dos países implicados (el de origen y el de acogida). Por eso, deberíamos hablar de “migrantes”, no de inmigrantes (sólo lo son desde el punto de vista de quien los recibe).

Ahora bien, las repuestas ¿pueden ir en la dirección de poner restricciones?, ¿deben ser coercitivas? Creo que son “pan para hoy y hambre para mañana”. El único paso eficaz es construir un mundo más justo. Se que parecen palabras bonitas y utópicas, pero opino que por ahí tienen que ir las prioridades de los gobernantes.

Se habla mucho de la noche de la izquierda, que pierde el poder en la mayoría de los países, y que, actualmente, carece de contenido. En este problema puede encender una luz. No es fácil, pero puede liderar un cambio cultural y social. No podemos seguir la corriente a la poblacíón por un puñado de votos y aceptar que los inmigrantes nos quitan los servicios sociales. Eso es como decir que los enfermos empeoran la calidad de la sanidad.

Es un tema complejo. El diagnóstico es sencillo. Tenemos un problema porque todo el mundo quiere vivir allí donde existe un mínimo de calidad de vida. La población vota con los pies. ¿La solución? Que la superficie del planeta donde los humanos queramos ir sea lo más extensa posible, para que podamos repartirnos equilibradamente por ella. Y para eso es necesario que hablemos de “sociedad de las personas” no de “economía de mercado”, de “socialismo” no de “capitalismo”.

En este sentido hay algo de nuestro presidente que tenemos que apoyar, pero en serio: la “Alianza de las Civilizaciones”. Y hay otra luz: Obama (parece que apuesta por el diálogo).

Aquella noche, Pablo, tras ver puesta la última piedra del Molino se sentó bajo el quicio de la puerta. Observó el río y pensó que aquel agua que corría hacia el mar le daría de vivir. Al rato, su suegro, se acercó y se sentó en el poyo de enfrente. Le miró a los ojos. Luego al río. A continuación al molino. Posteriormente al camino. Movió la cabeza de izquierda a derecha y, sin separar la mirada del suelo, dijo a Pablo: hijo, el río con su fuerza te llevará los cuartos aguas abajo.

Pablo miró fijamente a los ojos a su suegro y, si decir nada, sonrió. Acto seguido se levantó y abrió las compuertas.

Pasaron los días y llegó el verano. Creció el cereal y, con el estío, el trigo se convirtió en harina. Y ésta se hizo pan. Y transcurrieron los años y, con ellos, las siembras y, tras ellas, las moliendas.

Otra noche, Pablo, dejó que la turbina y el agua jugaran moviendo la muela. Salió a descansar a la puerta y dirigió sus ojos al río: lanzó una sonrisa de agradecimiento. Al rato salió su suegro. Se sentó enfrente. Miró a Pablo. Bajó la cabeza. Pablo levantó los ojos hacia el padre de su mujer. Y le dijo: ahora el agua trae los cuartos río arriba. Se levantó, y mantenido la sonrisa, entró a mover los sacos de harina.

Que la fuerza con la que discurre una ligera corriente de ideas gire la turbina del mundo y convierta la utopía en harina de una nueva cultura en la sociedad.